Mensajes del Papa Francisco en Chile: El aprecio por nuestra historia y el valor de nuestras diferencias

Uno de los mensajes del Papa iba directo al mundo político.

Esta es la segunda columna de una serie en la que estoy reflexionando sobre los mensajes que el Papa nos está queriendo dar en estos tiempos de prueba de nuestra Iglesia Católica en Chile. (Lee aquí la anterior).

Hoy me refiero a la importancia de reconocer los logros de quienes nos han antecedido y la riqueza que añade nuestra diversidad.

Reconocer que somos parte de una larga historia

A veces se nos presenta la tentación de creer que el plan que traemos cuando asumimos una nueva responsabilidad es el momento en que todo empieza. Y que con nuestro esfuerzo podremos salir adelante en cualquier emprendimiento.

Nos cuesta reconocer el trabajo de los demás y asumir que somos parte de una larga historia. Es bueno mirar al futuro, por cierto, pero este se construye a partir del presente y el presente no se entiende sin el pasado. La actitud de hacer “borrón y cuenta nueva” no es la mejor manera de encarar el futuro.

El Papa lo dijo de la siguiente manera en el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático: “Cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el camino. El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos”.

Mirar las relaciones personales, laborales y sociales en un contexto más amplio que el presente es la condición que posibilita proyectarse hacia el futuro y sobre todo emprender nuevos derroteros.

Si sabemos que serán otros, quienes con conciencia de pasado, presente y futuro, tomarán lo que hemos hecho para acrecentarlo, enriquecerlo y superarlo, sabremos que los esfuerzos que hemos realizado no serán en vano.

Comprender toda organización como un conjunto de personas que se esfuerzan por dar lo mejor de sí, garantiza su continuidad, la que será por naturaleza creativa, innovadora y acorde a los tiempos en que se vive.

El valor de nuestras diferencias

En esa misma línea va lo que el Papa postuló en la homilía en el aeródromo Maquehue, en Temuco, cuando nos dijo: “Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. ….La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte”.

Esta homilía que iba dirigida de modo especial al mundo político, por el modo como el Estado y la sociedad están llamados a relacionarse con el pueblo mapuche, se aplica a todas las relaciones humanas.

La pregunta que surge inmediatamente es si en nuestras familias, en los centros de educación, en la empresa, valoramos las diferencias, si hemos tomado en serio que cada ser humano en su condición de único e irrepetible encierra en sí mismo una riqueza llena de carismas, valores y posibilidades que ensanchan el horizonte de la vida y jamás constituye una amenaza para los demás.

En el ámbito laboral, preguntarse si están o no las instancias para que las personas desplieguen sus talentos, sus habilidades y destrezas es fundamental. No hay personas superiores o inferiores. Cada una está llamada a hacer su aporte, el que, por provenir de un ser humano, debe ser valorado y reconocido.

Es lo que dijo el Papa en relación al pueblo mapuche: “necesitamos la riqueza que cada pueblo tenga para aportar y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores”.





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