Malas prácticas: Siga concursando

La elección transparente de los cargos públicos ha estado al debe en Chile. Concursos arreglados y otras malas prácticas  enturbian el panorama.

El bien ganado desprestigio de las instituciones chilenas tiene una base muy amplia de abusos, falsedades y malas prácticas encaminadas a favorecer a los menos y perjudicar a las mayorías. Se habla de transparencia, pero ya nadie se engaña con las pretensiones de objetividad e igualdad que pretenden ocultar los viejos vicios del nepotismo, cuoteo político y aprovechamiento por parte de quienes las esgrimen.

Antiguamente se afirmaba que los cargos públicos, especialmente los más altos, eran cubiertos por personas altamente calificadas, seleccionadas de manera absolutamente impersonal, mediante concursos públicos. Estos últimos permitían asegurar que ningún factor desconocido podía alterar los resultados de esa selección limpia y objetiva, orientada a impedir que el tan conocido amiguismo o el pago de favores políticos empañara su limpidez.

Sin embargo, paulatinamente, se fueron conociendo casos de concursos “arreglados”, en los que el favorecido sabía de antemano que el puesto era suyo, pero que era necesario pasar por un proceso de selección fraudulento, para salvar las apariencias y convencer a los afectados y al público en general de que la persona ganadora tenía las mejores calificaciones para desempeñar ese cargo.

El engaño era tan burdo que poco a poco fueron disminuyendo los interesados por concursar y cada vez eran menos los que creían en las supuestas dotes de los “ganadores”. Era necesario retocar el maquillaje. Pero solo el maquillaje, porque la administración pública es y ha sido la bolsa de pago del clientelismo político, la fuente del cariño y admiración familiar hacia el tío bien colocado que repartía favores a sobrinos recomendados por alguna abuela. No era posible, entonces, liberar esos importantes recursos pretendiendo imparcialidad.

Consultora y head hunter en paralelo

Siguiendo la ley de transparencia, se comenzó entonces a contratar empresas consultoras externas e independientes, especializadas en selección de personas, para que condujeran los procesos de selección con las más estrictas y modernas técnicas orientadas a seleccionar los mejores postulantes en un proceso ciego, absolutamente independiente de toda influencia de parte del servicio público contratante.

Estas empresas consultoras debían encargarse de todo el proceso y concluir presentando una terna formada por los postulantes que mejor coincidían con el perfil requerido: entre ellos podía elegir quien había solicitado este concurso.

No obstante, este nuevo diseño cambió poco la realidad de los procesos de selección. En algunos casos, los tres seleccionados que la consultora presenta se convierten milagrosamente en cuatro… y se elige al cuarto.

Las justificaciones abundaban y todavía se ofrecen. La mayoría de ellas apunta a la necesaria confianza política que debe ofrecer quien va a desempeñar tan importante cargo. La más peculiar de estas explicaciones es que dicha persona ha sido elegida, fuera de concurso, por un afamado head hunter que dio con ella por su enorme reputación y la ha convencido para que acepte este cargo, apelando a su profundo sentido social y de compromiso público.

Esta curiosa explicación dice, en otras palabras, que se contrata a una prestigiosa consultora para que haga un proceso de selección serio y riguroso. Este proceso marcha paralelamente con la búsqueda, mediante un respetado head hunter, de la persona más adecuada para ese cargo. Al concluir ambos procesos de selección, se elige al candidato propuesto por el head hunter. ¿Para qué hacer, entonces, el concurso?

Los postulantes que no logren ser elegidos, pueden intentar suerte en otro concurso y los mejores entre ellos recibirán cartas anunciando nuevas postulaciones. Nunca ganarán, pero se les sugiere: ¡Siga concursando!

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