La nueva normalidad

La pandemia del Covid-19 plantea dilemas éticos monumentales y nos hace preguntarnos por “la nueva normalidad”.

Al momento de escribir estas líneas me encuentro recluido en mi hogar por la pandemia que azota al mundo en este comienzo de 2020. Las noticias se refieren al avance de la pandemia en los distintos países y a las precauciones que es preciso tener para cuidar la salud y evitar la propagación del virus.

Son varias las semanas que hemos estado en esta situación. Y, no obstante, el esfuerzo de las autoridades y muchas personas de “la primera línea” en el mundo de la atención de salud, lamentablemente la pandemia sigue su curso, con su carga de contagios, enfermos críticos y muerte. El logro que se busca es “aplanar la curva”, porque, desgraciadamente, no se puede parar el contagio.

La normalidad de la vida se ha visto abruptamente alterada. Los ingresos para vivir se han vuelto inciertos. Son muchas las personas que han perdido su trabajo y muchas otras las que han visto reducidas sus remuneraciones. Los comercios están cerrados y los pocos que logran abrir sus puertas, dejaron de funcionar con regularidad. Poder conseguir alimentos y medicina es una aventura, y para las personas más vulnerables, una imposibilidad.

No es sorprendente, entonces, que los pronósticos en este momento anuncien la recesión mundial más severa desde la Gran Depresión. Es una pérdida sustantiva de ingreso y bienestar en el mundo entero. La globalización ha sido, lamentablemente, una “aliada” del Covid-19.

¿La vida o la economía?

Los dilemas éticos son monumentales. Se plantea, por ejemplo, que deben levantarse las restricciones de confinamiento de la población, aunque el costo sea la pérdida de un mayor número de vidas humanas. El no poner en marcha pronto la economía de los países va a implicar a futuro empobrecimiento, hambre y una pérdida mayor de vidas humanas por la precariedad de la existencia. O el dilema del médico que se ve enfrentado a elegir al paciente que va a utilizar “la última cama”, porque cuando la demanda de servicios de salud se agudice, los recursos disponibles en los hospitales no van a dar abasto.

En Chile, esta difícil situación se suma al momento más complejo que ha enfrentado el país en los últimos 30 años. De él surgió una demanda potente por la transformación del modelo político-social que ha imperado en este período. Los problemas de Chile no son exclusivos de este país. También en los países más importantes del mundo se observa desigualdad, descrédito de los líderes en los más diversos ámbitos, desconfianza en la empresa, y una confrontación política que en nada contribuye al progreso del país.

Una incertidumbre mayor

Sin duda, estamos en el mundo (y en particular en Chile) en medio de un entorno caracterizado por una incertidumbre mayor que la de costumbre.

Cambios evidentes se van a dar en la forma en que trabajamos. El teletrabajo, que aún tenía resistencias, ha sido una tabla de salvación. Y nos hemos dado cuenta de que tiene ventajas, como, por ejemplo, al no tener que desplazarnos, disminuyen los viajes en avión y, en las ciudades, los viajes en auto. La congestión y la contaminación se reducen. Habrá más tiempo disponible. El diseño de las ciudades puede prescindir de futuras autopistas y crear más espacios de recreación.

Al enfrentar esta situación tan extrema e inusual, la mirada se vuelve naturalmente hacia lo esencial de la vida. La pregunta es si una vez que se normalice la situación vamos a volver la “vieja normalidad” o nos vamos a atrever a explorar una “nueva normalidad”.

Hay muchas personas para quienes esto es simplemente una pausa, pero que volveremos a la “vieja normalidad”. Sería una pena. Yo pienso que perder la ocasión de revisar en profundidad el propósito de todo lo que hacemos es desaprovechar una oportunidad única de hacernos preguntas fundamentales de la existencia, como ¿quiénes somos? y ¿qué tipo de sociedad queremos? Estamos frente a uno de esos “momentos estelares” de nuestra vida.

“¿Qué podemos aprender de esta circunstancia?… El COVID-19 no sólo está poniendo a prueba el capitalismo moderno (suicida, parcheado, invertido, deficiente, huyendo continuamente hacia adelante), también está cuestionando nuestra forma de vida y valores… ¿Son excesivos los niveles de tráfico aéreo? ¿No habría que poner freno al turismo depredador que ya no contempla el arte o el paisaje, sino el modo efectivo de hacer una instantánea para subirla a las redes? ¿Es lícito que dejemos a los ancianos arrumbados en residencias? ¿Es necesario prolongar la vida hasta límites inhumanos? Nuestro planeta ya ha dado muestras de no soportar la lógica acelerada del mercado global.” (Juan Arnau Navarro, “Coronavirus: La hora de la filosofía”, publicado en Babelia, El País, 1 abril 2020).

Por ello, con el arzobispo de Concepción, monseñor Fernando Chomali nos hemos planteado reflexionar sobre algunos aspectos fundamentales de la “nueva normalidad”. Eso es lo que queremos ofrecer en estas columnas. Lo que corresponde es mirar el futuro con esperanza y realismo. No hay espacio para un optimismo ingenuo ni para un pesimismo estéril.

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