Pandemia y dilemas éticos: I Parte

La pandemia obliga a una reflexión serena sobre los actos humanos.

Este nuevo escenario social —la pandemia del Covid-19— que ha sobrevenido en tan poco tiempo, permite muchas lecturas. Diversos especialistas ven distintas aristas de esta nueva realidad. Algunos enfatizan el aspecto epidemiológico y otros el económico.

Son muchos los que se preocupan del impacto sobre la educación, o de los efectos que toda esta experiencia puede causar en la salud mental de las personas. Y, sin duda, no puede ignorarse el impacto sobre el bienestar de la gente, la pérdida de oportunidades de trabajo, y las relaciones familiares y de amistad.

En este trastorno de la vida hay una dimensión ética que no podemos dejar de lado. Es la fundamental. Urge una reflexión serena acerca de los actos humanos sin sentimentalismos, ni cálculos propios, sino que aferrada a la búsqueda sincera de lo que es bueno, verdadero y bello. Debemos tomar las mejores decisiones en situaciones en que no se sabe muy bien qué hacer. Pero lo que está claro es que se debe salvaguardar la justicia, la verdad y el bien posible.

Restricciones a la libertad

Para afrontar una pandemia como la del coronavirus no se puede improvisar. La experiencia y los estudios epidemiológicos recomiendan una serie de medidas de higiene y además aislamiento físico. Hemos tenido que mantener distancia de los otros, quedándonos en casa y restringiendo los viajes entre países, ciudades y pueblos.

La vida en familia se ha intensificado (lo que es positivo), pero ha puesto en evidencia conflictos de difícil manejo (como el aumento de conductas abusivas y violentas, y el consumo de alcohol).

En una sociedad democrática, en la cual es preciso tomar medidas de aislamiento a nivel nacional para evitar un daño mayor, es fundamental que haya una sola voz. Y no hay voz mejor que aquella que está legítimamente dispuesta para aquello. Se podrán discutir sobre algunos aspectos, hacer aportes, cuestionar algunas medidas, pero lo que no se puede hacer es no reconocer su autoridad, y el derecho y el deber que tiene, velando por el bien común, de tomar medidas que pueden, legítimamente, generar problemas a algunas personas.

Por ello, aunque nos cueste, debemos reconocer la legitimidad de las autoridades y allanarnos a seguir sus instrucciones, reconociendo que todos estos hechos se traducen en restricciones a nuestras libertades. No podemos desplazarnos libremente, reunirnos con quien deseemos, manifestar en comunidad nuestra fe, hacer deporte, ir a un espectáculo, o viajar.

Además, lo que en muchos casos genera un gran drama, muchos no pueden trabajar —con todo lo que ello implica— para evitar al máximo la transmisión del virus.

La restricción de nuestra libertad es el costo que debemos pagar para cortar la cadena de contagios, la que solo trae dolor, enfermedad y muerte. Pero aceptamos esto en aras de un bien mayor, como es evitar al máximo la propagación del virus.

La responsabilidad de cuidarnos por el bien de los demás

Aunque nos resulte difícil, tenemos que respetar las normas de distanciamiento físico y otras que ha dictado la autoridad. Es una muestra de solidaridad, un signo de que nos importa el bienestar de los demás. Con esta conducta, además de evitar propagar el contagio, disminuimos la sobrecarga del sistema de salud y todo lo que ello implica a quienes allí trabajan arriesgando su propia vida y la de las familias.

Se ha hablado repetidamente de la importancia de “aplanar la curva”. No es otra cosa que permitir que la capacidad del sistema de salud pueda atender debidamente a todos los que se enferman. De este modo, aunque el virus siga su proceso de contagio, al menos se permite que no todas las personas se enfermen al mismo tiempo.

Por esto, al cuidarnos nosotros, estamos contribuyendo al debido cuidado de los demás. Mientras más cuidado tenga la población de su salud y de la de los demás, menos dilemas éticos enfrentará el personal de salud a la hora de tomar decisiones difíciles, que se presentan cuando los enfermos son muchos, y el personal y equipos médicos resultan insuficientes.

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