Organizaciones públicas: ¿Son impermeables a las mejoras?

¿Cambian los ciudadanos y las organizaciones públicas no? Vamos por parte. Parece difícil modificar el comportamiento de los ciudadanos de un país. Sin embargo, hay casos notables en que, mediante normas, sanciones y propaganda, se ha cambiado costumbres profundamente arraigadas en la población.

¿Habría usted pensado, pocos años atrás, que en Chile se iba a dejar de fumar en oficinas, restaurantes, casas, automóviles, etc.? Y, algunos años antes, ¿habría creído que ponerse el cinturón de seguridad iba a ser un comportamiento casi automático de los conductores al sentarse en su auto?

Hemos evitado epidemias de tifus, cólera, sarampión y otras graves enfermedades porque las autoridades de salud han aconsejado las medidas de salubridad, necesarias en la higiene y preparación de los alimentos, y la población las ha seguido. También la vacunación contra la influenza moviliza año a año a los grupos etarios en riesgo.

Parece sencillo cambiar

Si se ha logrado influenciar a sectores tan amplios de la población, ¿por qué las organizaciones públicas resultan impermeables a las mejoras que tanto necesitan?

Dado que estas organizaciones dependen del Estado y responden al Estatuto Administrativo, debiera ser sencillo modificar alguna norma o imponer otra que permitieran contar con un servicio público moderno y eficiente.

Pero las culturas organizacionales son renuentes a erradicar costumbres fuertemente arraigadas. Aunque la buena noticia es que el cambio termina por imponerse, la mala es que se debe luchar con una enorme inercia derivada de la costumbre y los intereses de quienes se benefician con la mantención de prácticas ineficientes, cuando no francamente deshonestas.

Hay organizaciones públicas que se caracterizan por tener una verdadera cultura del derroche. En algunos lugares se desecha papel, en otros se desperdician medicamentos o se descomponen alimentos. Hay también actividades que se realizan y se pagan, aunque ya no son necesarias.

Pese al control de gestión, los presupuestos anuales asignados a diversas reparticiones resultan insuficientes para concluir el año fiscal, aunque, al interior de esos mismos servicios, no escasos departamentos se ven apurados para alcanzar a gastar a tiempo el dinero solicitado el año anterior para cumplir con sus obligaciones.

Numerosas comisiones técnicas han propuesto medidas para hacer posible que organismos burocráticos cumplan a cabalidad las simples instrucciones orientadas al mejor uso de sus recursos.

Alta Dirección Pública sin liderazgo

Entre otras iniciativas, se ha implementado el sistema de Alta Dirección Pública, consistente en un proceso de selección, público y transparente, para dotar a las instituciones de Gobierno de directivos con probada capacidad de gestión y liderazgo.
No obstante, días atrás, el Dr. Luis Castillo, subsecretario de Redes Asistenciales del Ministerio de Salud, hizo noticia al declarar que muchos directores de hospitales, seleccionados por el sistema de Alta Dirección Pública, debieron ser despedidos por su incapacidad de gestión y su nulo liderazgo.

Parece ser que el sistema de Alta Dirección Pública es adecuado, el problema está en la cultura de esas organizaciones, que conduce a hacer inefectivas las medidas destinadas a mejorarla. Los funcionarios responsables del uso de los filtros no creen en su efectividad y no los aplican cabalmente.

Pese a los concursos públicos, frecuentemente se puede observar que los “pitutos” siguen siendo el mejor o único camino para ocupar cargos de importancia y, luego, disfrutar de ellos.

Pero no hay que descorazonarse, si se actúa persistente y coherentemente, si los controles se ejercen efectivamente, las culturas organizacionales terminan por cambiar.

 





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