Manifestaciones masivas, aprendizajes para las organizaciones

Una vez restaurado el orden, los miembros de las organizaciones formales no volverán a aceptar reglas ni tratos que consideren indebidos o inspirados en la desigualdad.

Las manifestaciones masivas que comenzaron en Chile a mediados de octubre de 2019 constituyeron, como se ha repetido hasta el cansancio, un fenómeno tan inesperado que tomó por sorpresa tanto a los actores políticos como a la población en general. Por su amplitud en el espacio (abarcó prácticamente todo el territorio nacional) y en el tiempo (ya llevamos más de siete semanas) fue un evento muy poco común en toda la historia de Chile.

Ya se han analizado bastante las causas de este estallido social y no volveremos sobre ellas. Nos interesa, más bien, extraer algunos aprendizajes que las organizaciones deberían hacer para operar adecuadamente en el escenario actual.

Las manifestaciones no son organizaciones. Si alguien desea unirse a una manifestación, no precisa postular ni cumplir con ninguna condición, como ocurre con toda organización. Tampoco se le asigna un cierto rol. No hay una jerarquía clara que encauce las comunicaciones por un conducto regular.

Estas protestas se caracterizan por su informalidad y en sus comunicaciones utilizan preferentemente telefonía celular y WhatsApp. Estas características las hacen ser espontáneas y rápidas en su acción y reacción; por lo mismo, resultan difíciles de prevenir y controlar por organizaciones formales, tales como el metro, supermercados e, incluso, carabineros.

De modo semejante a los chalecos amarillos de París, aparecen en diversos puntos sin mayor aviso previo y se disuelven rápidamente cuando la situación lo aconseja. Al no ser propiamente organizaciones formales, carecen de líderes estables y también de estrategias reconocibles. Esto hace difícil su control.

Al admitir que cualquiera se les una, demostraciones pacíficas pueden transformarse imperceptiblemente en tumultos en los que se saquea y se destruye. Es también posible que parte de la manifestación continúe su recorrido pacíficamente, mientras grupos violentistas se separan para hacer barricadas o dedicarse simplemente al pillaje, sea en el mismo lugar de la marcha pacífica, sea en diversos lugares muy distantes entre sí.

Al unirse distintas personas o grupos, motivados por las más diversas razones, es poco probable que se conozcan entre sí y, por lo tanto, les resulta difícil excluir delincuentes u otros individuos motivados por la oportunidad de cometer ilícitos aprovechando el desorden masivo.

Un antes y un después

Una vez restaurado el orden, los miembros de las organizaciones formales no volverán a aceptar reglas ni tratos que consideren indebidos o inspirados en la desigualdad. Si bien el desempleo constituye una gravísima amenaza que podría ser utilizada para intentar el dominio de los trabajadores, pueden ocurrir actos de rechazo de difícil control.

La sensación de abuso y desigualdad denunciada por las largas jornadas de protestas ha calado hondo en la población y es probable que los trabajadores sean hoy muy sensibles a todo lo que pueda parecer arbitrario o irrespetuoso.

Todo lo anterior apunta a que la explosión del rechazo al clima generado por los abusos, falta de transparencia, desigualdades evidentes, tales como castigar a unos con un curso de ética y a otros con cárcel o condenar a unos a morir esperando atención médica, mientras otros cuentan con sistemas dignos de salud, etc., debería marcar un antes y un después para las autoridades de cualquier tipo.

Ha perdido relevancia la legitimidad de la autoridad derivada de posiciones sociales y se comienza a exigir que las autoridades se legitimen por sus acciones, comportamientos y logros.

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