Crisis de sentido, crisis de valores

Para responder a la crisis de sentido y a la crisis de valores necesitamos volver a hacernos las preguntas de siempre.

Qué duda cabe que vivimos un tiempo de crisis. A la crisis social que en Chile nos ha acompañado desde octubre de 2019, se suma ahora el coronavirus, que ha venido a trastocar completamente nuestra forma de vida y está trayendo ansiedad e incertidumbre a tanta gente que ve desaparecer o peligrar sus puestos de trabajo.

No estamos preparados para ver la muerte tan de cerca. ¿Cómo no lamentar la pérdida de un ser querido, a quien ni siquiera se ha podido acompañar a causa del aislamiento en que vivimos? ¿Cómo no temer salir a la calle a buscar el sustento diario y no saber si vuelves contagiado, lo que implica contagiar a tus seres queridos?

¿Cómo debemos plantearnos frente a una situación tan compleja? Quiero partir esta primera columna comentando la importancia de volver a apreciar el regalo que significa nuestra vida. De este modo va a ser más fácil entender que la crisis que vivimos no es solo de tipo sanitario y socioeconómica, sino muy fundamentalmente de sentido.

Esta crisis hunde sus raíces en la construcción de un ordenamiento social que se ha olvidado de los grandes valores humanos, ha vivido más de la apariencia que de la realidad y que puso el foco en los deseos personales más que en la construcción de una comunidad.

La crisis de sentido

El coronavirus nos ha hecho volcar toda nuestra atención en la crisis sanitaria que vivimos como sociedad, que es tan dominante en estos momentos. Pero la acompañan otras crisis.

La crisis del humanismo: El progreso de la ciencia y de la técnica no anduvo de la mano con la reflexión ética ni tampoco con los procesos legislativos. El legítimo y loable interés del ser humano por conocer, no siempre estuvo orientado hacia su propio bien. Por el contrario, en algunos casos, fue considerado como instrumento para tener poder sobre la naturaleza. Ello ha ido demasiado rápido y ha llegado muy lejos. El silencio es obsequioso.

La crisis del estilo de vida: Dada la poca reflexión filosófica sobre el sentido de la acción del ser humano en el mundo, y sobre el sentido de la naturaleza y la lógica que la anima, presenciamos un alto grado de extracción de los bienes que son para todos y que deben ser preservados también para las futuras generaciones. Esto se ha reflejado de un modo dramático en la crisis ambiental y el calentamiento global.

El principio lógico de que los bienes tienen un destino universal —que debe abarcar a todos los habitantes del mundo— ha sido sustituido por una profunda inequidad en su distribución a nivel planetaria.

Como nunca antes, el ser humano tiene poder sobre la naturaleza. La manipulación sin precedentes de su hábitat natural y de sí mismo se ha constituido en su peor amenaza. Ello ha traído consecuencias devastadoras como muy bien lo explica el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si.

No hay clara conciencia de lo que significa pensar en los efectos que puede tener para las futuras generaciones una cultura excesivamente consumista. Esta implica como consecuencia millones de toneladas de desechos, que, además, suelen estar en medio de los más pobres. Es legítimo preguntarse si la sequía que se vive en tantas partes del mundo, la amenaza constante de virus y enfermedades no será la consecuencia de la acción humana que, creyéndose Dios, no se impuso más leyes que su propio deseo, sus ansias de poder y su afán de dominar.

La inmensa cantidad de desechos que se producen día a día, los alimentos manipulados genéticamente y con procesos hormonales muy sofisticados, la desaparición de los bosques nativos, los cambios de las condiciones climáticas, la contaminación galopante, el deshielo de los glaciales, la carencia de agua, y un gran etcétera, nos debiesen hacer reflexionar a cada uno respecto del estilo de vida que llevamos y si el mundo que hemos construido va de la mano de la dignidad del ser humano.

La crisis de valores

Olvidamos que, sobre los conocimientos, el dinero, la autoridad y los bienes en general, grava una hipoteca social y que no es lícito exponer al propio ser humano a las consecuencias —que no podemos predecir— de acciones que se están realizando hoy. Ha faltado sentido de responsabilidad. Es lamentable ver en medio de la pandemia como a todo nivel se ven acusaciones cruzadas y defensas corporativas, y una gran ausencia de reconocer los propios errores e intentar enmendarlos.

El afán desmesurado de poder, la escasa conciencia de que formamos parte de un todo, la avaricia, el poco sentido de comunidad, así como una mirada individualista y unilateral de la vida, nos obliga a una reflexión de largo aliento.

En suma…

Necesitamos volver nuestra mirada a las cuestiones fundamentales de la vida y volver a hacernos las preguntas de siempre: “¿Quiénes somos?, ¿qué significa el otro? ¿hacia dónde vamos? ¿qué sentido tiene la vida?”

Si no hacemos un serio intento de responder estas preguntas estamos condenados a más depredación, más pobreza, más inequidad y, como consecuencia, a más temor y violencia, como la que experimentamos hoy.

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