Corrupción en las FF.AA.: ¿Es la normalidad un buen indicador?

Antes de analizar el porqué de la corrupción en las fuerzas armadas (FF.AA.), recordemos que desde el siglo XIX hasta lo que va recorrido del siglo XXI, el modelo burocrático ha estado ampliamente difundido en todo tipo de organizaciones. Especialmente (aunque no exclusivamente) en aquellas grandes, antiguas y de carácter público.

Una de las principales finalidades de esta forma de organización es hacer predecible el comportamiento humano. Para conseguirlo, el modelo burocrático define un amplio sistema de reglas que debe ser cumplido y que determina cada paso de los funcionarios.
Toda conducta se debe amoldar a lo que dicta el reglamento y, si se encuentra una situación que carezca de la norma habitual, se decide cómo se deberá actuar. Esa decisión pasa a ser la norma que faltaba.

Estas reglas están, a su vez, dirigidas por más y más reglas. Así, en organizaciones típicamente burocráticas, como las fuerzas armadas, es posible conocer de antemano lo que va a estar haciendo, cualquiera de sus integrantes, a cualquier hora de cualquier día.

¿Control o descontrol?

¿Cómo es, entonces, posible que se hayan producido escándalos como los que se han estado descubriendo en Chile, relacionados con sobresueldos y abultamiento de viáticos? ¿Cómo se entiende que en un sistema en que todo está controlado haya habido tantos funcionarios involucrados a lo largo de todo el escalafón, destacándose los de las más altas jerarquías?

Aunque parezca incomprensible, la respuesta es simple. En un sistema donde todo está regulado, la rutina es síntoma de normalidad. Es, por lo tanto, sumamente difícil que se produzca un comportamiento irregular, aislado, sin ser detectado.

Sin embargo, la corrupción —cualquier tipo de ella— puede contaminar un gran número de funcionarios, cuya deshonestidad es ignorada si se trata de muchos y están implicados los más altos mandos. Si se logra infectar un sector importante del sistema, la normalidad de la rutina, en lugar de ser un excelente mecanismo de control, se convierte en el manto que oculta los malos manejos.

“Siempre se ha hecho así”

Pero el problema es más grave, la rutina no solo oculta la descomposición moral de los integrantes del sistema, sino que la justifica. La tan repetida frase que los inculpados recitan en su defensa como si ella validara su inescrupuloso comportamiento es: “Siempre se ha hecho así”.

Por inaceptable que sea la explicación, la repiten incansablemente incluso personas que han estado en el nivel más alto de la jerarquía. Hemos visto sorprendidos, que excomandantes en jefe del Ejército creen justificar con ella la asignación de sobresueldos a sus antecesores en retiro.

Esto es grave porque demuestra que la corrupción se ha hecho tan normal que un comandante en jefe recientemente nombrado va a comportarse de manera corrupta, aunque haya desconocido la existencia de esa deshonesta práctica. Se va a sentir prácticamente obligado a continuar haciendo esos pagos injustificados.

Basta con que, al hacerse cargo de su puesto, se le informe cómo se han comportado quienes ocuparon su posición antes que él y que, por lo demás, fueron sus jefes durante toda su vida funcionaria.

No será extraño que se continúen destapando fenómenos semejantes. Tampoco que se torne difícil determinar el alcance de las redes de corrupción y sacar a la vista pública a todos sus integrantes. La obediencia a las normas es parte integral de la formación de esos funcionarios y una de esas normas, acaso la más importante, es que la obediencia sea total, sin cuestionamientos ni delaciones. Esto es parte del tan mencionado código de honor y se cumple con orgullo.

 





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