Representados, representantes y transparencia

Esta época está llegando a su fin. Las instituciones que la hicieron posible ya no pueden sostenerla. Lo que viene no es desastroso, el problema es que los representantes aún no terminan de entenderlo.

Hemos repetido ya muchas veces, que la sociedad mundial está experimentando un cambio de era. Muchas de las instituciones, que facilitaban la vida social y a las que estábamos acostumbrados, demuestran no ser ya capaces de atender adecuadamente a las necesidades del planeta ni de las personas que lo habitan.

Se exige igualdad, respeto, reconocimiento, consideración por el medioambiente, agua y calentamiento global. Para que todo eso ocurra, se demanda participación directa en la toma de las decisiones vinculantes para la marcha de los sistemas sociales.

La crítica apunta a una crisis de la representatividad, la que hasta el momento, ha sido el único modo de permitir que grandes masas de individuos puedan participar en las decisiones clave para la conducción de los asuntos públicos.

Una población de diez y siete millones de habitantes, como la de Chile, no puede vivir en una asamblea permanente. Tampoco es posible que cada uno de estos habitantes tenga la capacidad de votar para que el país pueda seguir el rumbo que la mayoría quisiera. Por eso, los habitantes del país pueden votar por un número menor de individuos que van a gobernar en nombre de la mayoría.

Los eventuales representantes publican sus proyectos y la población vota, eligiendo a quienes mejor representan sus intereses. De esta manera, se estima que los deseos de diversos grupos de la población se verán realizados. Como no todas las aspiraciones de la comunidad serán hechas realidad, se opta por la regla de las mayorías. Ellas elegirán sus representantes y las minorías podrán unirse entre sí para tener la oportunidad de verse representadas.

Intereses propios de los representantes

Sin embargo, es inevitable que, tarde o temprano, los representantes desarrollen sus propios intereses. El poder del que disponen los aleja de sus votantes y comienzan a tratar de mantenerlo. Su objetivo central es ahora lograr ser reelegidos. Sus esfuerzos se orientan a la reelección y no a dar una voz a sus representados, ni a perseguir los intereses de estos.

Los representados reclaman transparencia y, después de muchos meses de ser dictada, la ley de transparencia permite que como respuesta a las demandas hechas apelando a ella, se emitan fallos cuya redacción los hace completamente incomprensibles, opacos, del todo oscuros e impenetrables.

Las nuevas tecnologías de la información han hecho posible que las comunicaciones tengan un emisor conocido y se orienten a un receptor también conocido. Ya no es indispensable recurrir a un representante que preste su voz a miles de representados anónimos. Cada uno de ellos puede hacerse ver y expresar directamente su voluntad. Es posible que esto contribuya con mucho a evitar este grave problema de la democracia: representantes indispensables, con intereses particulares.

Naturalmente la idea tiene dificultades. Habría que estudiar el modo de hacer que esto suceda, evitando el fantasma del asambleísmo. No obstante, hay que tener presente que el modo actual de la representación también ha acarreado enormes dificultades a la democracia, como el que hemos mencionado y que, en partidos políticos, Michels ha denominado “Ley de hierro de las oligarquías” y que Lipset comprobó después en grandes sindicatos.

Esta época está llegando a su fin. Las instituciones que la hicieron posible ya no pueden sostenerla. Cambios, como el de las comunicaciones, muestran que lo que viene no es desastroso, pero aún no ha sido percibido ni cabalmente entendido por quienes deberían haberlo predicho: los representantes.

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