Los estados de ánimo de los equipos

Del estado de ánimo de los equipos dependen los resultados que se obtengan. 

Quizás coincidan conmigo en que este tiempo de pandemia nos ha hecho pasar por turbulencias anímicas que han influido notoriamente en nuestra capacidad para tomar decisiones, concretar ideas o simplemente analizar algún problema.

Si efectivamente nos ocurre esto de manera individual, no me cabe duda que lo mismo lo estamos viviendo colectivamente junto a nuestros equipos de trabajo.

En la Antártica, al límite

Por esto, deseo compartir la experiencia que tuve en noviembre del año 2002 cuando realicé, junto a Ernesto Olivares, Eugenio Kiko Guzmán y Pablo Gutiérrez, una travesía recorriendo 400 kilómetros por la inexplorada vertiente este de los montes Ellsworth en el corazón de la Antártica. Solos y sin soporte externo. Un plan de 54 días para cruzar nueve pasos de montañas, recorrer 17 glaciares y escalar el monte Segers.

El equipo partió con un estado de ánimo de sólida convicción, con la que pudimos adentrarnos a un territorio desconocido, que comienza en la sección norte de la cordillera Centinela, en el glaciar Newcomer. Después de tres días, llegamos a la cordillera Heritage, donde comienza a dominarnos el asombro, muy necesario para recorrerla en su totalidad, sin muchos accidentes geográficos, pero con el problema del constante y frío viento proveniente del polo sur.

Luego de cumplirse una semana de nuestra travesía, vemos que al final del valle, emerge un cordón de montañas que cierra el paso y nos queda la duda de si podremos pasar. Hasta aquí, no habíamos tenido mayores dificultades… todo iba bien, sin embargo, luego que exploramos dicho cordón montañoso, regresamos al campamento, derrotados y abatidos. El equipo comenzó a sentir la angustiosa duda, esa que nos hizo decir ¡No hay salida!

Por supuesto, hicimos mucho esfuerzo por encontrar alguna salida y descubrimos un portezuelo entre las cumbres, pero que, lamentablemente, llega a una pared de hielo que cae verticalmente seiscientos metros al próximo valle.

¿Qué hacemos ahora? Luego de discutirlo mucho, tratábamos de ver posibilidades para salir con vida, y descubrimos que no había nada racional que nos permitiera lograrlo.

Nos sentíamos cada vez más vulnerables y casi al borde de pensar en la muerte. En esos momentos, Ernesto Olivares comenta: “Estoy muy agradecido por la invitación, y los glaciares son como un pie de limón, lo más lindo que hay”.

Parecía un comentario irónico, paradójico en ese contexto, sin embargo, nos contagio de un nuevo estado de ánimo, de templanza. Algo extraño nos pasó, parecía que volvíamos a sentir que éramos capaces sin dejarnos llevar por las exigencias de tener las respuestas certeras.

Posterior a esto, paulatinamente, van surgiendo opciones, considerando el uso de cuerdas, descolgarse, hacer terrazas con las palas, y otras que hace un rato atrás no veíamos.

No dudamos que valía la pena intentarlo todo, y luego de 24 horas de continuo trabajo, logramos atravesar y abrirnos camino por donde no veíamos ninguna salida y logramos estar a salvo en el siguiente valle.

Aún quedaban 350 kilómetros de recorrido, pero decidimos descansar todo un día para recuperarnos. Dormimos 12 horas con la sensación de logro compartido. Listos para que desde ahí nada nos detuviera nuevamente.

¿Qué cambió que cambiamos?

Hoy, luego de recordar esa experiencia límite, me vuelvo a preguntar ¿qué nos permitió salir vivos?, ¿qué fue lo determinante en el cambio de dinámica del equipo?, ¿de quiénes dependió dicho cambio?, ¿qué nos habría ocurrido si no cambiábamos nuestro estado de ánimo de duda y derrota por el de la templanza?

También hoy veo que en muchos ámbitos, producto de lo que estamos viviendo en pandemia, las relaciones humanas e institucionales se tiñen de distintos estados de ánimo. Algunos derrotistas o catastrofistas, otros con sensatez y templanza. No dan lo mismo, y estoy convencido de la necesidad que nuestros equipos de trabajo estén más conscientes de su influencia, ya que son capaces de salvarnos la vida.

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