La “maldición” de la minería en Chile

La minería en Chile solo se tolera y es muy poco valorada. Sin embargo, en sus aportes al país está incluso la semilla del desarrollo.

Mauro Valdés decía en un artículo anterior que “la minería hasta aquí ha sido un actor “tolerado” aunque no “admirado” del progreso, especialmente en Chile”. Y tiene razón. No ha bastado la importancia de las exportaciones mineras en la balanza comercial ni en la inversión extranjera directa. Tampoco el aporte a las finanzas públicas que han representado las utilidades de Codelco y los impuestos de la gran minería privada (que tiene la tasa de tributación más alta que cualquier otro sector económico) ni siquiera su impacto indesmentible en el desarrollo de las zonas mineras, para instalar un aprecio genuino por la minería en el país.

Solo se la tolera y cada nuevo proyecto minero enfrenta obstáculos que tratan de impedir su normal desarrollo, llegando incluso algunos a presionar para que la minería desaparezca o disminuya su influencia como una actividad fundamental para el futuro de Chile.

A las razones esgrimidas por el profesor Valdés para explicarse esta anormal situación quiero agregar una más que me parece debiera enfrentarse a fin de neutralizarla y demostrar sus debilidades, especialmente en el caso chileno.

Desde la academia, a fines de los años noventa, surgió la teoría llamada “la maldición de los recursos naturales”, que plantea que aquellos países ricos en recursos (como los combustibles fósiles y ciertos minerales ) experimentan un menor crecimiento económico que los países menos dotados.

Esta tesis no es concluyente en sus investigaciones y ha perdido influencia. Sin embargo, mucha gente ha terminado por creer que las actividades extractivas son poco intensivas en tecnología, de bajo valor agregado y que en nada contribuyen al desarrollo de las economías locales, generando una actitud rentista y sociedades muy desiguales.

Aporte para el país

Nada más lejos de esta visión ha sido el comportamiento de la minería en Chile. Ya en el año 2003 decíamos con el profesor Patricio Meller en un informe sobre las potencialidades del cluster minero que “si todo el resto de los sectores productivos chilenos utilizaran un nivel tecnológico similar al de la minería, Chile sería actualmente un país desarrollado”.

Tampoco es muy conocido que el mayor valor agregado en términos porcentuales se da en la primera etapa de transformar el mineral en concentrado de cobre con un 65% de sus ingresos, siendo solo un 5% la siguiente de fundición y refinación, para alcanzar entre un 17% a un 35% cuando se trata de llegar hasta alambrón y láminas o cables de mayor sofisticación tecnológica, todo ello dependiendo del precio del cobre. Lo mismo ocurre en el caso del litio y otros minerales.

También la integración a la economía nacional ha sido creciente y el impulso dado a proveedores y contratistas locales terminará por desarrollar empresas capaces de exportar minería —como era la intención del ex subsecretario Iván Valenzuela allá por los inicios de los años noventa— sumándose a la más tradicional exportación de minerales.

Por último, la relación con sus trabajadores, las remuneraciones que paga y los beneficios que reciben, la alta tasa de sindicalización, su preocupación por la salud y seguridad, están muy lejos de ser un modelo de inequidad y menos de la informalidad presente en otros sectores.

A modo de ejemplo, la medición del coeficiente de GINI en Codelco para los años 1999 y 2015 arrojó un valor de 0,22, nivel más bajo que Islandia, el país menos desigual del mundo. Estoy seguro de que la gran minería no está muy lejos de estos valores y muy por debajo del 0,46 que muestra nuestro país. Y qué decir de la intención de BHP de alcanzar paridad de género en su personal hacia mediados de la década.

Nuevas tendencias aceleradas con la pandemia

No existe un sector económico en Chile que tenga la escala (el tamaño), la importancia a nivel internacional y la integración a la cadena de proveedores global que posee la minería. Por lo tanto, es el momento para que en torno a ella se desarrollen el hidrógeno verde como combustible del futuro; las empresas ligadas a procesos de digitalización, automatización, big data y otras tecnologías; el impulso a la economía circular, procesando los desechos y aprovechando el agua (hoy 73-74% de recirculación); en definitiva, todas las nuevas tendencias que con esta pandemia acelerarán su incorporación en el trabajo de las empresas.

Si la minería ya lo hizo con las energías limpias, especialmente solar, siendo pionera en 2012 con Calama Solar de Codelco y luego Collahuasi con la licitación de su consumo, seguro podrá seguir mostrando al país que nuestra principal industria no solo son divisas, impuestos y buenos empleos, sino también la oportunidad de llegar a ser un país desarrollado.

De todos quienes trabajamos en ella depende aprovecharla. Aquí y ahora.

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Marcos Lima
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