La “buena empresa” debe avanzar hacia una cultura de la integridad

Ya no basta con maximizar la utilidad y dar trabajo para aplacar la tremenda insatisfacción e inquietud de vastos grupos de la población.

La empresa tiene un tremendo impacto en la vida de millones de personas y es mucho lo que se espera de ella en lo económico, en lo social, en lo ambiental, en lo cultural, en lo familiar y en muchas otras facetas de la vida en comunidad.

Las empresas son un motor fundamental en el crecimiento y el desarrollo del país, y en el bienestar de la población. No obstante, la empresa está hoy severamente cuestionada por muchas personas que ponen en duda su contribución social y discuten la licitud de la utilidad como compensación del compromiso empresarial.

Los cambios de todo orden en el mundo que nos toca vivir (políticos, económicos, sociales, culturales, demográficos, tecnológicos…) han traído bienestar (bienes y servicios valiosos para una vida mejor), junto con frustración (aspiraciones no satisfechas) y rabia (por percepción de abusos y desigualdad que perjudican a muchos en beneficio de unos pocos).

Han surgido muchos grupos de indignados que se enfrentan a la empresa y que han visto incrementado su poder de presión por la visibilidad que las redes sociales les dan a sus causas. Son consumidores, medioambientalistas o comunidades y etnias, entre muchos otros grupos, quienes promueven sus causas con pasión o protestan impetuosamente.

¿Qué hacer?

Por ello, resulta imprescindible preguntarse cómo debe ser “la buena empresa” para dar respuesta a los desafíos que hoy se le plantean. No basta con maximizar la utilidad y dar trabajo para aplacar la tremenda insatisfacción e inquietud de vastos grupos de la población.

Es preciso descifrar la forma de hacer empresa en estos tiempos que corren, si es que se pretende recuperar su prestigio, y conseguir el respeto y el aprecio de la comunidad. Sin duda, son muchos los temas que deben preocupar a la buena empresa, pero hoy queremos comentar sobre el autocontrol que necesita ejercer sobre sus acciones y decisiones, y la preocupación que debe tener por el impacto ético de su quehacer.

La empresa no puede aceptar ninguna forma de abuso, en ninguno de sus ámbitos de actividad. Si llegase a descubrir una conducta impropia con sus clientes, proveedores, trabajadores, accionistas o con la comunidad, la empresa debe ser la primera en censurarla y sancionarla.

Para ello debe crear instituciones, establecer procedimientos y ponerse reglas que le permitan autorregularse.

La empresa debe multiplicar sus esfuerzos por transparencia y por erradicar la corrupción. Es la mejor forma de crear un lazo de confianza con todas sus audiencias relevantes, lo que trae consigo lealtad mutua y una rentabilidad sustentable en el largo plazo, pues se basa en el aprecio de la gente y en una reputación bien ganada.

Los clientes esperan, en primer lugar, que les provea de productos y servicios de excelencia, se les cobren precios justos, y se cumplan las promesas que se les hace en publicidad y catálogos.

También esperan una atención esmerada, que se resuelvan sus quejas con prontitud y eficiencia, y se les trate con dignidad y respeto.

En suma, esperan que la ventaja que pudiera tener la empresa por la asimetría de la relación empresa-cliente no genere un provecho indebido en la relación comercial.

Del mismo modo, los proveedores esperan que se mantenga una relación de respeto y beneficio mutuo, estable, veraz, equitativa, libre de presiones indebidas y de litigios, basada en la calidad de los productos y servicios que se comercian y en el fiel cumplimiento de los compromisos, particularmente, el pago oportuno.

Este artículo corresponde a un extracto de la página del curso online “Ética y RSE” de Clase Ejecutiva UC que se publicó en el diario El Mercurio de Santiago en 2019. Descarga aquí, el PDF de la página, luego de completar unos datos.

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