El mercado no garantiza los mínimos sociales


La educación, la salud y la vivienda son mínimos sociales que requieren el compromiso de todos.

La vida del ser humano está constituida por relaciones que nos llevan a dar y al mismo tiempo recibir.

Es un hecho que los seres humanos nos necesitamos mutuamente. ¿Qué habría sido de nuestra vida sin el profesor que nos enseñó, sin el panadero que nos procuró el pan, sin el médico que nos sanó? Y así, podríamos realizar largas listas de quienes nos ayudaron para vivir y crecer como personas.

De la misma manera cada uno de nosotros podríamos contar a quienes, con nuestras habilidades, destrezas y conocimientos, ayudamos a desarrollarse y crecer como personas a los demás.

La desigualdad extrema constituye una injusticia

Las relaciones humanas se ven muy cuestionadas cuando por un lado vemos a algunos, los menos, que viven en la opulencia, es decir que tienen más de lo que necesitan, y otros, que viven en la miseria, es decir que no tienen las condiciones mínimas para vivir y desarrollarse como personas.

Esta situación exige una reflexión de toda la comunidad porque constituye una injusticia, dado que todo ser humano, por el solo hecho de serlo, debiese tener las oportunidades suficientes y necesarias para desarrollarse como tal y lograr condiciones de vida adecuadas.

El reto de romper el círculo vicioso de la pobreza

Es un hecho que las condiciones familiares y sociales marcan en demasía el futuro de las personas. Desde la sala cuna se puede predecir en gran medida qué acontecerá con una persona. Esto debe interpelarnos porque de no romper con ello, se irá generando un círculo virtuoso de la riqueza y un círculo vicioso de la pobreza.

Para tener una sociedad verdaderamente democrática, sin las brechas en educación, salud y vivienda existentes en la actualidad, las condiciones de vida social y familiar no pueden seguir determinando el desarrollo de las potencialidades de las personas.

El mercado no es suficiente

El Estado no puede aducir neutralidad y dejar que las reglas del mercado regulen las necesidades de unos con las ofertas de otros.

No todos los seres humanos tienen las mismas herramientas y condiciones para ingresar en igualdad de condiciones al sistema de mercado que impera. Son muchos quienes han quedado postergados y a la vera del camino cuando son lanzados a la vorágine de la lógica de la oferta y la demanda.

Se trata de personas con capacidades mentales limitadas, los enfermos, los ancianos, entre otros, de quienes como sociedad nos debemos preocupar.

Una responsabilidad compartida

Todos los miembros de la sociedad debiesen procurar normas y acuerdos de tal forma de garantizar condiciones mínimas de vida de los ciudadanos.

La salud, la calidad de la educación, una vivienda digna no puede quedar regulado por la ley de la oferta y la demanda, sino que por el principio de que todos los seres humanos somos iguales en dignidad. Y que, en virtud de que compartimos la común humanidad, no podemos desentendernos de estas carencias que humillan a quien las vive.

Así, las leyes y normas públicas que van en la línea de promover las condiciones para sustentar estos mínimos sociales, han de entenderse no como un castigo o una imposición de la autoridad, sino que más bien como la condición de posibilidad de una vida más justa, más fraterna y más en paz.