Crisis: El ruido que interrumpe el diálogo

¿Fue necesaria la explosión social? Sí, pero ahora es preciso que el ruido aminore para que se puedan conversar y tomar las nuevas decisiones tan necesarias para disminuir la desigualdad.

Hasta poco antes del estallido social, políticos, especialistas, periodistas y toda clase de personas hablaban del excelente comportamiento de Chile en un escenario económicamente adverso. Si bien su tasa de crecimiento era baja, sus cuentas estaban equilibradas y en sus calles se respiraba una tranquilidad poco frecuente en otros países latinoamericanos. Las decisiones económicas eran discutidas políticamente y lograban el aplauso de sectores empresariales y periódicos extranjeros. El turismo se interesaba cada vez más por este lejano lugar y se empezaba a perfilar como una industria muy prometedora.

Sin embargo, había habido llamados de alerta. Uno muy importante fue del economista Felipe Lamarca el año 2005, que habló del peligro de la desigualdad, sin encontrar mayor eco en las decisiones vinculantes. Doce años después, en 2017, fueron entrevistados sobre el tema distintos dirigentes empresariales y todos afirmaron que Lamarca se había equivocado, porque no había previsto: ¡¡La transparencia que evitaba la corrupción!!… Hoy, todos conocemos los casos de corrupción que ellos negaban.

Además, hubo movimientos de protesta, como el estudiantil, el feminista, no más AFP, etc. Distintos sectores sociales levantaban sus reivindicaciones, pero no se hizo notar que la molestia era más amplia.

La sociedad está hecha de comunicaciones

Niklas Luhmann dice que la sociedad está hecha de comunicaciones. En consecuencia, son comunicaciones las que constituyen y dirigen la economía, la política, la ley y todos los subsistemas de la sociedad. Pero no todos los habitantes de un país participan en las comunicaciones relevantes, las que generan decisiones vinculantes que determinan los destinos de ese país.

Es de hecho, difícil, en sistemas sociales muy desiguales, que la élite dominante considere temas que no le atañen. No ve, no escucha los problemas de los desfavorecidos y, por eso, no adopta decisiones que los ayuden, que los saquen realmente de su indigna situación.

Las desigualdades son múltiples y subdividen a la mayoría afectada, convirtiendo sus demandas en innumerables peticiones aisladas de grupos menores. Dichos grupos no participan en las comunicaciones de la élite y, por lo tanto, jamás sus preocupaciones podrán ser solucionadas por decisiones vinculantes que nada saben de ellas.

La única forma de hacerse escuchar, de conseguir que los temas que los afligen sean tratados en las comunicaciones relevantes consiste en hacer ruido, un ruido tan insoportable que sea imposible ignorar, que no deje hablar, que obligue a la élite a mirar y decir: ¿Qué pasa?

El desorden que hemos vivido en Chile era absolutamente necesario para que la élite, con total incomprensión por los verdaderos problemas de la inmensa mayoría de los chilenos, mirara y tratara de entender este ruido ensordecedor y tan inexplicable en un país que hasta pocos días antes había sido calificado por su propio presidente como “un oasis”.

Luego de la explosión, el gobierno logró llegar a un acuerdo con la mayoría de los partidos de oposición para discutir sobre maneras de cambiar la constitución y propuso una agenda social, pero los desmanes continúan e incluso ampliaron su rango de acción a prácticamente todo el territorio nacional. Sus demandas no han sido solucionadas según sus expectativas.

El problema es que el ruido impide el diálogo. Si la violencia no cesa o, al menos, no disminuye sensiblemente, ¿se podrá llegar a acuerdos sensatos, respetables y respetados? Aunque el malestar social necesitaba hacerse notar con un ruido que hizo imposible que continuaran discutiéndose y adoptándose decisiones que no lo consideraban, ahora es preciso que el ruido aminore para que se pueda conversar y tomar las nuevas decisiones tan necesarias para disminuir la desigualdad.

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