¿Cómo la tecnología impacta al poder?

Desde siempre la tecnología ha obligado a redefinir las relaciones de poder. En la era digital, se impone la colaboración.

Grandes revoluciones han ocurrido cuando como humanidad hemos encontrado nuevas formas de comunicarnos y colaborar. El Renacimiento, por ejemplo, fue acelerado por la invención de la imprenta, que permitió difundir conocimientos a una escala sin precedentes.

La masificación de los diarios y el periodismo durante el siglo XVIII precipitaron la caída del absolutismo y el surgimiento de la república como forma de gobierno. La invención de la radio a principios del siglo XX aceleró la difusión de propagandas e ideas que desembocaron en revoluciones como la bolchevique.

La televisión jugó un rol en el auge de la contracultura de los años 60 y la subsecuente revolución de las flores. Más recientemente, las redes sociales jugaron un rol en la primavera árabe y en el auge de los movimientos sociales.

Cuando cambian los medios y formas de comunicarnos, cambia también el poder y nuestras formas de organizarnos. En el Media Lab del MIT mapearon aproximadamente 15.000 biografías de personajes famosos de la humanidad (Project Pantheon) y mostraron como el oficio o profesión de las personas famosas fue cambiando en el tiempo en función del medio de comunicación.

En la antigüedad, las personas que adquirían poder tendían a ser militares, políticos o líderes religiosos. Durante el Renacimiento, los artistas como Da Vinci o Miguel Angel. La invención de la imprenta dio poder a los escritores como Cervantes.

La radio catapultó a los cantantes y la televisión a hizo poderosos a los deportistas. Las redes sociales están catapultando a la fama a los youtubers o los influencers de Instagram.

La actual revolución digital, entonces, supone un desafío adaptativo mayúsculo para empresas por cuanto implica una revolución en cómo se administra el poder y en cómo nos organizamos.

Poder distribuido

La antigua forma de administrar el poder se basaba en conceptos como la competencia, autoridad, y la consolidación estratégica. La tecnología, sin embargo, hace que este poder se distribuya sobre plataformas abiertas. Y si el antiguo poder se ejercía con discreción y confidencialidad, el nuevo exige una transparencia radical: Sobre todo cuando las esferas público-privadas se entremezclan.

A nivel organizacional, los antiguos conceptos de planificación y control centralizado están dando paso a nuevos mecanismos de coordinación que se basan en un poder informal, la autoorganización y la gobernanza de redes.

A nivel de las relaciones interorganizacionales, la rapidez del cambio tecnológico hace que sea cada vez más difícil redactar contratos completos que puedan adaptarse a cada una de las contingencias que abre la tecnología.

Entonces, a medida que aumenta la velocidad de los cambios, mayor será la necesidad de contar con sistemas de gobierno (público o privado) que se sustenten por normas sociales (ej: confianza y colaboración) más que normas de mercado (ej: contratos).

Se necesita crear capital social

Es por esto que las empresas requieren construir capital social que les devuelva la confianza del público. No deja de ser irónico que Porter, el mismo que habló de las barreras de entrada y de analizar el poder de los consumidores ahora propugne un sistema de empresa basado en los shared values o valores compartidos.

Y ojo, esto no es un tema de imagen o de marketing, sino que es últimamente un tema de los valores que guían el actuar del empresario. Si esos valores van a contrapelo del contexto en que están insertos, entonces corren el riesgo de desadaptación evolutiva y sabemos que eso conlleva la extinción.

En el fondo, hay que volver a leer a Adam Smith, no su libro “La Riqueza de las Naciones” sino uno anterior llamado “La Teoría de los Sentimientos Morales”. En este libro, Smith sostiene que la economía y el libre intercambio entre las personas está supeditada a la justicia y para que el mercado contribuya al bien general.

Releer a Smith implica ver que detrás de cada intercambio libre, hay personas. Entonces tenemos que volver a formas de gobierno basadas en la confianza que es precisamente lo que dijo Smith hace 250 años atrás.

 





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