Autodominio: ¿Sabes manejar tus emociones?

Lo primero que exige el autodominio es reconocer en todo momento las emociones que experimentamos.

El autodominio es otra competencia personal muy relacionada con el autoconocimiento. El autodominio determina cuando uno decide actuar o no actuar. Es dependiente de la autoconciencia, ya que consiste en la habilidad de usar el conocimiento de las propias emociones para ser flexible y poder dirigir el comportamiento en forma positiva. Esto implica manejar las reacciones emocionales de acuerdo a las distintas situaciones y personas.

Algunas emociones crean un temor que paraliza, lo cual hace que el pensamiento se torne borroso, por lo que no es posible llevar a cabo una acción.

En esta circunstancia el autodominio se manifiesta en la habilidad para tolerar la exploración de las emociones propias. Una vez que se comprenda las emociones propias y que se sienta cómodo con ellas, el curso de acción se nos aparecerá por sí solo.

Una de las consecuencias perniciosas que sufren los directores a raíz de la incesante demanda de su tiempo es que tienden a confiar casi exclusivamente en el mundo de los hechos y de la razón. Los sentimientos les parecen fenómenos incontrolables.

En los sentimientos hay información

Sin embargo, los sentimientos nos suministran, a cada instante, durante todo el día, datos potencialmente aprovechables. Pero no basta con tener los sentimientos. Es necesario saber reconocerlos y apreciarlos, tanto en uno mismo como en los demás, así como reaccionar a ellos correctamente.

Las personas que saben hacerlo utilizan la inteligencia emocional, que es la capacidad para sentir, entender y aplicar eficientemente el poder de aquel cúmulo de emociones del cual proviene parte de la fuerza e influencia que tiene el líder sobre los demás.

Uno de los descubrimientos más sorprendentes de los estudios realizados en el cerebro de las personas bajo estrés es la demostración de que el cerebro emocional trabaja en formas que perjudican el trabajo de los centros ejecutivos del cerebro.

Cuando la mente está en calma, la memoria trabaja al máximo, pero cuando hay una emergencia, el cerebro se pone en un modo defensivo que le resta recursos a la memoria, en un esfuerzo de supervivencia.

Durante estos períodos de emergencia el cerebro retorna a sus rutinas y respuestas más familiares, dejando de lado el pensamiento complejo, creativo y de largo plazo.

Mientras más pronto podamos monitorear nuestros desagrados emocionales, más rápido nos recuperaremos del estrés. Tener claridad acerca de lo que sentimos nos permite manejar mejor los estados de ánimo negativos.

El control bueno… y el malo

La noción de control emocional no significa reprimir o negar los verdaderos sentimientos. El “mal genio” por ejemplo tiene sus usos; el enojo, la tristeza y el miedo pueden ser fuentes de creatividad y energía. La rabia puede ser una fuente muy poderosa de la motivación, especialmente cuando se trata de enmendar una injusticia o inequidad. Una pena compartida puede unir a distintas personas.

La regulación de las emociones no es lo mismo que el exceso de control, que ahoga los sentimientos y la espontaneidad.

En el exceso de control hay un costo físico y mental. Las personas que lo experimentan pueden percibir un aumento en los signos de tensión emocional o un alza en la presión arterial. Si esto se hace crónico puede dañar el pensamiento y deteriorar su desempeño, junto con interferir en sus interacciones sociales. Por el contrario, la competencia emocional implica que podemos elegir la forma de expresar nuestros sentimientos.





Nureya Abarca
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